Respiraban el humo de días extraños,
de fronteras militarizadas y futuros enrejados.
La desidia que pesaba en los bolsillos vacíos.
En las ruinas de una historia
que nunca dejaron que fuera suya.
Entonaban en silencio plegarias y oraciones
caídas en un pozo de amnesia y olvido.
Buscando quizá el eco de un dios
sordo y ajeno al mundo.
Hicieron un hatillo de esperanzas y ropas raídas
dejando en el puerto el pasado y el miedo.
Buscando consuelo en aquel sol lejano
que calienta el cuerpo pero enfría el alma.
No eran los únicos que conocían el hambre,
pero podían recitar de memoria las mil y una heridas
que deja al pasar de largo la vida
No se conocían de nada y sin embargo,
el rodeó el cuerpo de ella con su brazo,
Como si con ese gesto alejase
todos los fantasmas de otras vidas.
Y la protegiese de la desdicha y la pena,
de ostentar otra medalla de fracasos
que esperaba en aquella playa sin castillos de arena
con un tricornio y una manta bajo el brazo.