Recuerdo cuando todas tus fotos tenían
ese color que debería tener la vida.
Registrabas los tesoros que el mundo
escondía,
y se hacía más sencillo caminar a tu
lado.
También recuerdo cuando mis poemas
contaban
todas las pecas que llevaba tu cuerpo.
Marcaba constelaciones de las sábanas
que se arrugaban entre nuestros dedos.
Creo que así aprendimos a querernos,
entre café y tardes eternas de
domingo.
Tú mirando tus tesoros, yo,
tratando de rimar con el desastre.
Y puede que no fuésemos mejor que
otros
que jugaban a desquererse entre versos.
O que hacían lo imposible por besar,
labios agrietados y lejanos.
Pero éramos nosotros, y eso bastaba,
para que el reloj marcara una hora
menos.
Para que la Tierra girara más
despacio, y el mundo,
siempre terminase entre tus piernas.