El arte de servir vino


Le serví el vino despacio, dejando que aquel líquido de tonos rojizos y su aroma se instalase cómodamente entre nosotros. Trataba de darme aires de galán mientras en mi cabeza buscaba la manera de decirle lo guapa que estaba, y las ganas que tenía de morir toda la vida a su lado.
Pero yo siempre fui algo torpe, y acabé derramando unas gotas de vino sobre el mantel al descubrir que sus ojos azules no dejaban de mirarme, con aquella sonrisa que me partía las costillas y me hacía algo más débil, y mucho más feliz.

Ella se rió despacio, procurando que los segundos fuesen horas, divertida de ver como trataba torpemente de justificarme. Dejé la botella encima de la mesa y la miré, calculando las probabilidades de volverla a ver después de la desastrosa cita. Ella se detuvo un segundo observando mi mano áspera y nudosa, y después, tras beber un trago eterno de la copa, se levantó lenta y delicadamente, y me dijo:

-Si no subes a mi habitación en diez minutos, será la cita más desastrosa de toda mi vida.

2 comentarios:

ely dijo...

las citas nunca son lo que parecen.Por eso, lo mejor es dejarse llevar.....
Me ha gustado mucho.
Me dejaré caer por aquí con frecuencia, ahora que te he descubierto.

Lucina dijo...

el mejor final,
es perfecto

Un beso